11.7.19

Autorevolución.


Cuando tenía 12 años, mi ilusión era ser revolucionaria. Las figuras que más me llamaban la atención, eran las que rompían esquemas. 

Cuando tenía 17 años, y creía que ya había comprendido todo en la vida; quería seguir siendo revolucionaria. En mi ideal romántico, lo mejor que me podría pasar en la vida era ser exiliada, por incomodar al sistema.
Cuando tenía 24 años, terminando mi licenciatura, cuando creía que ya había llegado a la madurez, pensaba que la forma de hacer el cambio, era desde dentro del sistema.
Ahora que tengo 36 años, el momento en el que me encuentro es reflexionar y vivir, sin más; siento que el sistema, la revolución, los contrarios, las luchas, son procesos. Etapas de vida.
Siento que cada vez me queda más claro que sí, quiero aportar algo al mundo. Me interesa que sea un mejor lugar para vivir. Pero tal vez el mundo no es el que hay que cambiar necesariamente. Cuando pienso en sociedad, es un concepto tan pesado, que se me cae encima. Entonces me quedo con la idea de quien tiene que trabajar para ser mejor soy yo, desde mi esquina, desde donde me llena el corazón. Desde el amor.
He estado pensando en esto a lo largo de la semana. Han sido días muy sensibles: termina un ciclo escolar, Sofía termina la primaria, Fermín y yo estamos terminando la lactancia, empiezan las vacaciones. Son movimientos fuertes y profundos, que no había percibido hasta ahora. Cambia la rutina, cambia la dinámica. Me siento sensible, y me pongo a pensar.

Me doy cuenta que quienes me han enseñado éste tema de vivir la mejor versión de mí, han sido Sofía y Fermín. Con ellos he aprendido la compasión, la paciencia, el cuidado, el amor. Para ellos en un primer lugar, pero también para mí. Esa ha sido la parte más interesante de todo éste proceso. Aprender a amarme, aceptarme, cuidarme, perdonarme. Vaya que ha sido toda una revolución de mi mundo y de mi sistema.
Soy una revolucionaria. Una activista. Estoy en un movimiento activo por romper mis propias estructuras, mi propio sistema, mis propias creencias. Desde el amor, estoy escuchando lo que la crianza me está enseñando. No es un camino dulce, es arduo; pero vaya que me está dando paz.

3.4.19

De cómo me dijo mi hija que ya creció.


Vimos Cómo entrenar a tu dragón 3. Fue como ir a la graduación de uno de mis hijos. No sé cómo explicar el gusto que me dio ver a Hipo crecer; y (sin temor a ser spoiler) conocer a sus hijos.

Fuimos a verla al cine, el domingo pasado. Dos días después, vimos de nuevo Cómo entrenar a tu Dragón 1. Los personajes eran muy jóvenes. Incluso, los gestos de la animación, se puede ver que les queda mucho camino por recorrer. Con un tono de emoción, le compartí a mi hija “¡se ven súper chiquitos!”, a lo que ella respondió “hemos crecido juntos”.

Sí, Sofía también ya creció.

Ahí me di cuenta que Cómo entrenar a tu dragón, ha sido una historia que ha acompañado a mi hija por el camino de su infancia. Ha compartido el proceso de conocer su capacidad de hacer lo que le gusta y conocer más de ella; respetar y tratar de entender a las demás personas y animales; conocer el valor de la amistad y de la familia; dejar ir y aceptar crecer. Todos éstos temas los hemos platicado a través de Cómo entrenar a tu dragón, así que sí, ha sido parte de la vida de mi hija, desde diferentes puntos de vista.

Las películas ayudan a conocernos y entender en qué etapa de la vida estamos.

Al final de la película yo lloraba y mi hija esbozaba una sonrisa (ella ya la había visto con su abuela y me insistía que la fuéramos a ver juntas), como si a través de la película me estuviera preparando su crecimiento, me estuviera comunicando que ya está lista para entrar a la adolescencia. Cuando corrieron los créditos, la abracé muy fuerte y le dije que la quería. Ella me dijo “sabía que ibas a llorar, crecemos tan rápido. Yo también te quiero”. Vaya claridad de una persona de casi 12 años… crecen tan rápido.

Así que gracias Cómo entrenar a tu dragón 3, para prepararme al crecimiento, por darle a mi hija la herramienta de comunicarme esa preparación; porque ese dragón, lo que entiendo como infancia, siempre estará ahí para irlo a visitar y jugar y encontrarnos; mientras seguimos creciendo, viviendo, compartiendo la vida mi hija y yo.