4.9.14

Un domingo Family Friendly.


Para ir planeando el domingo, les platico de cinco restaurantes/cantinas que brillan por su ambiente “family friendly”, donde todos están contentos: Los hijos pueden jugar y pasarla bien, mientras que los adultos disfrutan de una chelita y muy buena comida. Hay de todos los gustos y precios, lo importante es pasarla bien en familia, así que si buscas plan para el próximo fin de semana, préstale atención a los siguientes lugares:

El Afán.
Tiene varias sucursales, la que considero más “family friendly” es la que está ubicada en la Colonia Roma, porque tiene un espacio para juegos segura y de buen tamaño.

Marina Bistro.
Ubicada en la Colonia Narvarte, tiene zona de juegos y un menú especial infantil. Los fines de semana tienen precios especiales para la familia.

Salón Corona.
Es el favorito de varios papás y mamás que buscan un espacio en el Centro para comer con amigos y sus hijos. Las quesadillas son la fascinación de los pequeños, el servicio es muy amable y el ambiente familiar siempre está presente. Les recomiendo llegar temprano porque se llena.

Los Canarios.
Si tienes un antojo de tacos de escamoles y una cerveza bien fría este es el lugar. Te recomiendo la sucursal de Polanco para ir al Parque Benjamin Franklin con los hijos y luego caminar a Masarik para comer en Los Canarios. Los domingos hay una sección especial para que niñas y niños hagan manualidades después de comer.

Pata Negra.
Aquí se puede disfrutar de música, tapas y buenos vinos. Los domingos también te la pasas bien en compañía de la familia. Después de estar la mañana en el Parque España, pueden cruzar la calle y comer en el Pata Negra. Todos los domingos hay una actividad especial para niñas y niños: conciertos, obras de teatro, títeres, circo, talleres. Hay menú para niños y el ambiente es más que divertido.

Más información:
Marina Bistro: Eje 6 Sur - Angel Urraza 1403, Narvarte, 03100 Tel: 55 5575 4014

29.5.14

Mis primeras palabras.

Eran las diez de la mañana, pero yo sentía como si fueran altas horas de la madrugada en un estado de sueño, cansancio y desconcierto. Sin ningún vislumbre del final.


Recuerdo que sostenía a una bebé que sabía que era mi hija, pero en ese estado de ensoñación, me parecía tan lejana. La tenía cargando, conteniendo en mis brazos a una bebé de cuatro días de nacida . La veía mientras tomaba su leche matutina. Sólo la veía, sin más, como sí al observarla pudiera entender qué sucedía con esa criatura que se postraba frente a mi.

La miraba maravillada. La observaba y no sabía qué hacer. De pronto, Doña Elena, la señora que nos ayuda en la casa, entró a la habitación. Doblaba unas sábanas mientras me veía de reojo. Había un silencio torrencial en el cuarto, como si la presencia de un nuevo ser en la casa, diera un protocolo diferente a la vida cotidiana. 
 
Doña Elena rompió el silencio, "háblale" me dijo con una sonrisa en el rostro, de esas que te regala la experiencia. "Háblale, platícale de lo que quieras" insistió. Yo me sentía perdida, como si me estuviera pidiendo que me lanzara al vacío con un paracaídas. Al principio me enojé. Por unos momentos me pareció absurdo que me dijera que le hablara a un bebé, además ¿de qué podíamos hablar? ¿qué temas podía desarrollar con una criatura que ni siquiera sabía hablar?- pensé. Tantos años de estudiar Comunicación, y el momento más importante de comunicarme con mi hija no lo veía claro.

Pasaron varios días en silencio, hasta que la insistencia de Doña Elena me llevó a pronunciar mis primeras palabras. Miré a mi hija y le pregunté "¿cómo estás?, ¿cómo te sientes?, ¿estás bien?" Las tres preguntas las hice de corrido. Cuando me escuché, me di cuenta que me estaba preguntando a mi, me di cuenta que estaba temerosa ante esta relación tan nueva para mi, me di cuenta que me tocaba una tarea muy importante de construir una relación con mi hija, basada en comunicación. Una vez que abracé esos miedos, me aventé al vacío y mi paracaídas fue la confianza de intentar. Así le empecé a hablar a mi hija, le conté de mi infancia, de quién era, de quién era su papá, de cómo se llamaban los gatos de la casa. Me convertí en la narradora oficial de todo lo que pasaba en la casa, para que Sofía se enterara de viva voz de lo que sucedía a su alrededor. 
 
Ya pasaron siete años de mis primeras palabras como mamá. La comunicación con mi hija ha sido de prueba y error, como la mayoría de los temas de crianza. Lo que me queda claro es que mi paracaídas, esa confianza de intentar, me sostiene para seguir trabajando la comunicación. Es muy interesante cómo empecé a comunicarme verbalmente con mi hija, pero en el fondo de esas palabras y narraciónes, se construía un puente más fuerte, el de las emociones.

Ahora, como sí fuera un mantra que dio inicio a nuestra relación, todos los días Sofía y yo nos preguntamos "¿Cómo estás?, ¿cómo te sientes?". Comunicarse es importante, abrir la comunicación con los hijos es extender los brazos a lazos y vínculos fuertes.
 
¿Cómo se comunican con sus hijos?